23/7/13
LUCES ROJAS
Había llegado el día. Por fin la pequeña Alice cumplía 8 años, y por fin Henry podía decir que había abandonado definitivamente aquel piso destrozado y lleno de goteras que le había atormentado durante tantos años.
Mientras llevaba las cajas con sus pertenencias observaba a su hija mientras reía y abrazaba con fuerza el gran oso de peluche adornado con un lazo azul que le había comprado por su cumpleaños. Su ascenso y la nueva casa en la que iban a vivir bien merecían un regalo de gran calibre para su pequeña.
Subieron al destartalado coche de Henry y comenzaron el viaje, mecidos por el ronroneo achacoso del motor del viejo Ford azul.
Tras varias horas de viaje aparcó en su nuevo jardín y contempló la hermosa casa de estilo antiguo que se erguía imponente ante ellos. La niña se agarró a la pierna de su padre mientras contemplaba los amplios ventanales. Su padre la miró con cariño y descubrió una mirada de temor en el rostro de la pequeña. La cogió en brazos mientras la tranquilizaba y entraron.
Tom, el alegre golden retriever salió a recibirlos entusiasmado. Alice pareció calmarse ante la presencia del animal y Henry se centró en dirigir a los empleados de la empresa de mudanzas para que no echaran a perder las esculturas de cerámica que con tanto esmero había modelado.
Unas semanas mas tarde apareció el primer cadáver.
Fue repentino, silencioso. Aquella mañana, sobre el felpudo, apareció un pequeño pájaro muerto. Parecía haberse roto el cuello al caerse de un árbol y tenía dos puntos rojos, como gotas de sangre, justo en el centro del pecho.
"Lo habrá traído algún gato callejero" pensó Henry. Él sabía que su hija estaba muy unida a los animales y no soportaría ver al animal, así que cogió una bolsa de basura y se deshizo del cadáver del pajarillo. No mencionó nada de esto a Alice, la cual jugaba tranquilamente en el jardín con Tom. Antes de irse a trabajar, Henry se despidió de su hija. Al mirar hacia ella creyó vislumbrar una luz rojiza entre los árboles detrás de la niña, pero no le dio importancia.
Esa noche, al volver, se encontró de nuevo el pájaro en el felpudo: la misma posición, las mismas marcas en el pecho. En ese momento, el camión de la basura hacía su ronda, así que Henry volvió a arrojar el cadáver al cubo de la basura y observó cómo el camión lo engullía junto al resto de desperdicios. Al volver a casa pensó en la rareza de los acontecimientos, pero el sueño lo venció y antes de perderse en la inconsciencia vislumbró una última vez el techo de su habitación iluminado de un tono rojizo.
Dos semanas mas tarde apareció el segundo cadáver.
Esta vez fue un gato, con las mismas marcas en el pecho que el pájaro. Henry pensó que algún gamberro trataba de gastar una broma, así que informó a la policía. No quería que la vida de su hija se viera amenazada. Tras indagar y no encontrar indicio alguno de amenaza, el agente tranquilizó al hombre y trató de convencerlo de que sería algún animal salvaje que consideraría su casa como una madriguera secundaria.
Alice estaba intranquila, Henry la veía. Cada día que pasaba notaba como la niña se asustaba fácilmente cuando iba por los pasillos y siempre iba acompañada de Tom. El perro había perdido su alegría inicial que se había transformado en una actitud de alerta total: siempre llevaba las orejas tensas y sus ojos parecían buscar algo en el ambiente. Algo que no tenía pinta de ser bueno.
Esa noche, Henry fue a desearle las buenas noches a Alice. Se encontró a Tom roncando panza arriba a los pies de la cama de la niña y a esta profundamente dormida. La besó suavemente en la cabeza y acarició levemente a Tom en la tripa. la sintió levemente húmeda, pero no le dio importancia.
Al día siguiente apareció el tercer cadáver.
Henry acudió al baño para lavarse la cara, como cada mañana, en su rutina antes de ir a trabajar. Al mirarse las manos descubrió un leve rastro de sangre carmesí que le cubría la palma. Intrigado, buscó cortes o heridas que pudiera tener en el cuerpo, pero no encontró nada. Extrañado, se lavó la cara y se afeitó. En ese momento se escuchó por toda la casa el grito estremecedor de una niña.
Alice.
Henry, veloz como el rayo, atravesó el pasillo hacia la habitación de la pequeña. La encontró llorando junto a Tom, que ya no roncaba. Descansaba panza arriba, con dos marcas rojizas algo borrosas, como si las hubieran tratado de limpiar con algo. La expresión de la niña era de puro terror al mirar a su padre. Le suplicó que se fueran de aquella casa. Henry la consoló como pudo. Ese día faltó al trabajo y se quedó con su hija, dándole todo el apoyo que pudo. Esa tarde enterró a Tom en la parte trasera del jardín, sin la presencia de Alice, que le pidió no verlo.
A partir de ese día, la niña se convirtió en una criatura callada y miedosa. Siempre temblaba y apenas comía mientras las ojeras iban marcándose bajo sus ojos azules cada vez mas hundidos. Cada noche, cuando iba a desearla buenas noches, ella le decía que veía unas luces rojas cada vez mas cerca. Que daban miedo, pero que eran cálidas. Henry achacaba estos delirios a la falta de sueño.
Una semana mas tarde apareció el cuarto cadáver.
Alice. Su pequeña. Su niña. Yacía en su cama con las manitas a ambos lados del costado y con las famosas marcas rojas en el pecho. Henry creyó morir de dolor. Llamó de nuevo a la policía y se abrió una investigación buscando a los culpables. A los dos días el hombre abandonó aquella casa gigante llena de recuerdos vacíos y volvió al pequeño piso donde residía. Apenas dormía, apenas comía, nada tenía sentido en su vida. Había perdido lo mas importante para él... lo único que le acompañaba, como cada noche, era un leve destello rojo. Cada noche lo veía mas cerca. Cada vez mas. Conforme se acercaba el destello podía distinguir dos puntos de luz roja aproximándose cada vez mas. Le producían un profundo terror, pero a su vez el destello cálido le empujaba a seguir contemplándolos cada noche. Cada vez mas cerca. Una noche hasta creyó distinguir una figura detrás de ellos y una risa gutural que le heló la sangre...
Al cabo de dos días se encontró el cadáver de Henry Badgers en su apartamento. Presentaba dos curiosos círculos rojos en su pecho, como grandes gotas de sangre. Las paredes de su habitación estaban empapeladas de hojas con dos círculos rojos cada vez mas grandes. Y justo sobre la cabecera de su cama había escrito: CADA VEZ MAS CERCA.
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